SOBRE LA INTOLERANCIA DE LA IGLESIA

Santa por su Fundador, siempre pura en su doctrina y en su moral, no ha cesado jamás la Iglesia de conducir todos sus miembros a la práctica de las más hermosas y aun de las más heroicas virtudes. Y ésta es la razón precisamente, por qué, a pesar de la humana flaqueza y de la violencia de las pasiones, siempre ha habido entre los católicos, un inmenso número de santos, de apóstoles, de mártires, de hombres grandes y nobilísimos, incapaces de cometer bajeza alguna y prontos a entregarse a las obras de la más levantada perfección y de la más sublime caridad.

Pero, al fin y al cabo, el cristiano es libre; la gracia del santo bautismo, y hasta la del sacerdocio, no destruyen esa propensión al mal tan arraigada en nuestra naturaleza. Entre los doce Apóstoles hubo un traidor y, de muchos de los otros, su cobardía nos es muy conocida; por tanto no es de extrañar, que, en la sucesión de los siglos, se hayan encontrado también sacerdotes, obispos y hasta Papas, olvidados de sus deberes.

¿Qué hay que concluir de aquí? ¿Que es falsa su doctrina? Pero, ¡acaso esta doctrina les había prometido la impecabilidad! ¿Qué es impotente para dar la virtud que preconiza? ¡Pero si, aun en las épocas de mayor corrupción, ha tenido la Iglesia Santos admirables, que ha resistido a todas las seducciones y han llegado a reformar el mundo!

Los enemigos del catolicismo, en vez de admirar los prodigios de la virtud obrados por la gracia sobrenatural en una infinidad de almas, y a despecho de la oposición de las pasiones, recogen con avidez los abusos y las faltas que inevitablemente se han de encontrar, durante el trascurso de tantos siglos, en ellas precisamente se pertrechan para sus poco gloriosas polémicas, y aquí vienen siempre a buscar el lodo que arrojan a la faz de la Iglesia. El mundo regenerado por Ella, no vale nada a sus ojos, y mucho menos la entereza con que siempre ha reprobado todo lo que es contrario a la divina ley; en cambio, los crímenes de unos tantos malvados que, en hora más feliz, fueron redimidos con las aguas del bautismo, tienen el triste privilegio de servir de arsenal de guerra a donde van a pertrecharse estos pobres hurgadores de escándalos. Respondemos, puesto que es necesario, a las principales acusaciones que se obstinan en presentar contra la Iglesia de Jesucristo.

1. INTOLERANCIA DE LA IGLESIA

I. En qué sentido es intolerante la Iglesia Católica

Si esta palabra se toma en su verdadero sentido, es decir, en el de intolerancia dogmática o doctrinal, la Iglesia no puede ser no menos intolerante, y no tiene por qué defenderse de este pretendido agravio. La intolerancia dogmática es una prerrogativa indispensable de la verdad, y fruto legítimo e inevitable de la misma existencia de la religión católica, única y verdadera para todos los hombres. Por el contrario, la tolerancia dogmática proviene de indiferentismo religioso, que no quiere reconocer ninguna religión como exclusivamente verdadera y, por lo tanto, obligatoria.

Reprochar a la Iglesia la intolerancia doctrinal, es reprocharle el que crea ser, y de hecho sea, la verdad necesaria, lo cual constituye para ella su más cumplido elogio, porque propio es de la verdad excluir todo lo que le es contrario. Toda ciencia es intransigente: el matemático, una vez demostrado un teorema, tiene ya por absurdas todas cuantas proposiciones a él se opongan. Pues, por igual manera, por lo mismo que la Iglesia está cierta de poseer completamente la verdad religiosa, no puede menos de condenar cualquier error que a ella se oponga. Por tanto, no sin razón proclamó Bossuet que “la religión católica es la más severa y la menos tolerante de todas las religiones con respecto a los errores dogmáticos”; y Julio Simón confiesa que, “la legitimidad de la intolerancia eclesiástica está por encima de toda discusión”.

Bien reconocemos que las otras sociedades religiosas no son nada intolerantes al tratarse del dogma, hasta el punto que J. J. Rousseau ha podido decir del mismo de protestantismo: “La religión protestante es tolerante por principio, por esencia y tanto cuanto es posible, pues el solo dogma que no tolera es el de la intolerancia.” Tal confesión es, para una doctrina religiosa, la más abrumadora de las refutaciones.

Pero si la Iglesia católica es justamente intolerante para con las doctrinas perversas y los vicios, como necesariamente debe serlo la verdad y el bien, también sabe derramar misericordia e indulgencia para los descarriados pecadores que reconocen su falta e imploran perdón. Fundada precisamente para salvar a los hombres, no perdona medio alguno a fin de arrancar a las almas de su eterna perdición. Es que no quiere ni puede olvidar las lecciones que de Jesucristo ha recibido y por eso, para la magna obra de la conversión del mundo, se ha limitado tan sólo a predicar el Evangelio, lo cual equivale a decir que ha procedido siempre por vía de persuasión. Además, como su divino Maestro, la Iglesia ha sufrido, en todos tiempos y circunstancias, mil y mil persecuciones que han valido a muchos de sus hijos la palma del martirio y a muchos infieles la entrada en el redil del divino Pastor. Si alguna vez se ha creído en el deber de castigar a sus propios hijos rebeldes, no ha hecho sino echar mano de un poder que nadie, hasta ahora, se ha atrevido a disputarle todavía; y aun eso lo ha hecho con mano maternal, para convertirlos, para impedir los escándalos, y evitar así que se propagara más la corrupción. Veamos ahora cómo no puede decirse lo mismo de las sectas heréticas, ni de los otros enemigos de la Iglesia.

II. Intolerancia del protestantismo

¡Cosa extraña! Los mismos que lanzan contra la Iglesia católica el inmerecido reproche de intolerancia, se muestran de ordinario, sumamente benévolos con el protestantismo. ¿Consiste esto, tal vez, en que han encontrado en él esa tolerancia que la sana razón aprueba? Interroguemos la historia, tal cual como nos la ofrecen los mismos protestantes, y nos convenceremos que, según afirma el protestante Menzel: “en donde reina el protestantismo, allí reina la intolerancia”. “El protestantismo, dice el protestante Guizot, no puede defenderse del cargo de intolerancia y de persecución; y no sólo no puede tenérsele por partidario de la libertad de conciencia, sino que muchas veces las ha violado”. “La intolerancia de la Reforma no ha sido una intolerancia de legítima defensa, un simple medio o un accidente, sino una intolerancia acometida, con principios y fin sistemáticos; una intolerancia, en fin, de naturaleza y régimen”.

1. El primer fundador del protestantismo, a quien se le ha querido hacer pasar por apóstol de la tolerancia y emancipador del pensamiento, aunque llegó hasta negar, en el hombre, la existencia del libre arbitrio, Lutero digo, ordenó abiertamente a sus fieles “el ganar el cielo espada en mano, y elevarse a Dios sobre montones de cadáveres.” Su grito de guerra era éste: “¡Viva la Biblia! ¡Muera los papistas!” “Era necesario que todo el mundo se lanzara contra el Papa y le matara y con él a todos cuantos le seguían, emperadores, reyes, príncipes y señores, sin miramiento alguno a su categoría.” “Es necesario lavarse las manos en su sangre”, declara el audaz innovador en muchos de sus escritos.

Estas provocaciones a la matanza, tan continuamente repetidas, no dejaron de producir su efecto. Bien conocida es la historia del Protestantismo, la guerra llamada de los Campesinos, en cuyo origen tanta parte tuvo el monje apóstata (1525). Cuando sus partidarios cubrieron de sangre y de ruinas los países católicos, el novador aprobó los desmanes de estas hordas indisciplinadas; pero cuando después, bajo el mando de Münzer, les vio invadir las comarcas en que se hallaba establecida la Reforma, se puso a excitar contra ellas a los príncipes protestantes: “¡A las armas, príncipes, a las armas!, les gritaba entonces; herid, maltratad, matad, cara a cara, o por la espalda, porque nada hay peor que un sedicioso; perro es que os morderá si antes no lo derribáis.” “No solamente estáis en el derecho, dice a los príncipes protestantes, sino en el deber de establecer el Evangelio puro, de proteger las nuevas iglesias, destruir la autoridad del Papa, y no dejar que se propague ninguna extraña doctrina.” “Tiempos dichosos, escribe en otra ocasión, en que los príncipes pueden más fácilmente merecer el cielo, matando paisanos y derramando sangre, que presentando sus preces delante de Dios. Todo paisano herido, herido de muerte, está perdido en cuerpo y alma, y pertenece por toda la eternidad al diablo.” Al saber que habían perecido más de cien mil de estos desgraciados, Lutero sacó de estas matanzas un nuevo título de gloria. “Esta sangre, escribe, es mía, porque yo la he derramado por orden de Dios.”

¡Tan fría crueldad se desdoblaba del alma de este jefe de la falsa reforma! El pillaje de la iglesias y de los monasterios, el robo de los bienes eclesiásticos, la revolución a mano armada, las matanzas de poblaciones enteras, la guerra de treinta años que cubrió de escombros y de víctimas la tierra del protestantismo: he aquí los grandes rasgos característicos de la Reforma en Alemania.

2. Y en Suiza ¿qué es lo que hizo Calvino, el más cruel de todos los tiranos? Escribió un libro entero para probar que se debía condenar a muerte a los herejes. Y juntando el ejemplo al precepto, hizo quemar vivo a Miguel Servet por el crimen de herejía, y él asistió en persona al suplicio. Si Valentín Gentiles escapó en Ginebra a la muerte de Servet, lo debió exclusivamente a la retractación que hizo de sus doctrinas; cosa que, sin embargo, le valió muy poco, pues luego, en Berna, le cortaron la cabeza por haber negado el misterio de la Santísima Trinidad. Jaime Gruet, torturado hasta el último suspiro, Antoni, Funch, Bolsec, Castellion, Ochino, Acioti y cien otros pagaron con sus vidas las opiniones religiosas que habían sostenido, y, sobre todo, la imperdonable audacia de haber contradecido al reformador. El abstenerse de los actos del nuevo culto, como de la predicación o de la cena, constituía un crimen de alta traición y, consiguientemente, había de ser castigado. Imputábase a los acusados, los deseos, las tendencias y las inclinaciones del corazón. “Calvino, dice M. Galiffe, escritor protestante de Ginebra, estableció el reinado de la intolerancia más feroz, de las supersticiones más groseras y de los dogmas más impíos. Los medios con que tendía a su fin eran primero la astucia y luego la fuerza… Faltábale sangre a aquella alma de cieno para amasar el crimen”. No es maravilla, pues, que pretendiera que los anabaptistas fuera tratados como bandoleros. “En la legislación ideada por este monstruo, dice, Audin, no se ve más que una palabra: ¡Muerte! La sangre gotea por todas partes. No hay para él otro medio que ejercer justicia con cualquier resistencia que la horca o la hoguera”.

No fue más suave Zwinglio. Para convencerse de ello, basta leer su carta de 4 de Mayo de 1525 a Ambrosio Blaurer, citada por Janssen, en Ein Zweites Wort an meine Kritiker. En ella declara que es permitido matar a los sacerdotes, si esto es necesario para llegar a la abolición de las imágenes y de la misa.
3. El mismo espectáculo nos ofrece Francia.

En esta nación, los calvinistas hugonotes encendieron todos los furores de la guerra civil; se les vio caer sobre Orleans, Pethiviers, Nimes, Auxerre, Bouges, Montpellier, y sobre provincias enteras, matando a sus habitantes, derribando todas las iglesias que encontraban a su paso, arrojando al agua o encarcelando a los sacerdotes y a los religiosos que caían en sus manos. En Orthez, fue degollada toda la población católica que allí había, en número de tres mil personas. En el solo año de 1562, según ellos mismos confesaron, dieron muerte a 4.000 sacerdotes y religiosos, devastaron 20.000 iglesias y 90 hospitales. “¿Quién ignora, dice Bossuet, las violencias que ejecutó la reina de Navarra contra los sacerdotes y religiosos? Aún hoy pueden visitarse las torres desde donde precipitaban a los católicos, y los abismos en que se los sepultaba”.

4. También en Dinamarca, se mostró la intolerancia intransigente y sanguinaria no bien hubo entrado en ella el luteranismo, en tiempo de Cristián II, llamado el Nerón del Norte. Bajo el reinado de Federico I, sucesor de aquel príncipe, llegaron a cometerse tales horrores contra los religiosos, que el escritor protestante Mallet (Histoire du Danemark, t. VI) no ha tenido empacho en decir que “en ningún otro país dominado por la Reforma, han sufrido los monjes tantas vejaciones como en Dinamarca”. La frase es, por desgracia, demasiado exacta, pues se decretó pena de muerte contra todo sacerdote católico y contra cualquiera que le ofreciese refugio. En Suecia, nación convertida al luteranismo en el reinado de Gustavo Wasa, fueron tan horribles las crueldades que este príncipe mandó ejecutar contra los católicos, y tan espantosas las matanzas, que llegaron a excitar la indignación hasta del mismo Lutero.

5. La historia del cisma suscitado en Inglaterra por las pasiones de un príncipe disoluto, nos dice que Enrique VIII condenó al cadalso a dos reinas, a dos cardenales, a veinte entre arzobispos y obispos, a más de quinientos abades, priores y monjes, a una multitud de doctores, duques, condes y gentiles-hombres, entre los cuales se cuenta el célebre Tomás Moro y, en fin, a más de setenta y dos mil católicos de todo estado y condición. “Quisiera borrar de nuestros anales, dice Fitz William, autor anglicano de las Cartas de Ático, algunas manchas de la larga serie de iniquidades que acompañaron la reforma en Inglaterra, pues doquiera aparecen la injusticia y la opresión, la rapiña, el asesinato y el sacrilegio. Tales fueron los medios por los que el inexorable y sanguinario tirano (Enrique VIII), el fundador de nuestra creencia, estableció la supremacía de su nueva Iglesia. Todos los que quisieron conservar la religión de sus padres, y continuar adheridos a la autoridad que él mismo les había antes enseñado a respetar, fueron considerados como rebeldes, y bien pronto acabaron por ser sus víctimas.” Pero cuando la persecución contra los católicos tomó su carácter más repugnante y atroz fue, sobre todo, bajo el reinado de la reina virgen, de la buena Isabel, como la llaman los ingleses (1559-1603). Esta hija de Enrique VIII y de Ana Boleyn no sacrificó menor número de católicos que su padre; cometió crueldades e infamias tan atroces que horrorizaron al mundo entero. En Irlanda ordenó tales matanzas que, según el protestante Lelam, “nada quedó apenas, sobre que pudiera ejercitar su imperio Su Majestad Isabel, sino cenizas y cadáveres”.

6. No se puede leer sin estremecimiento lo que cuenta el protestante Kerroux, en el tomo II de su Compendio de la Historia de Holanda, acerca de las horribles torturas que los católicos tuvieron que sufrir en os Países bajos. Nadie ignora que, en las solas provincias de Brabante y Flandes, los llamados Mendigos (Gueux) derribaron, en menos de cinco días, más de cuatrocientas iglesias y catedrales; cometiendo tales atrocidades contra sacerdotes, religiosos y católicos fieles, que parecerían imposibles, si documentos históricos de irrecusable fe no vinieran a asegurarnos su triste realidad.

Tal fue, en todas partes, la conducta de los protestantes con respecto a los que permanecían fieles a la antigua religión de sus padres. Y, sin embargo, no lo olvidemos, los reformadores proclaman como dogma fundamental del nuevo culto el libre examen de la Sagrada Escritura, es decir, el derecho de creer lo que se quiera.

III. Intolerancia de otros enemigos de la Iglesia

En realidad, tampoco la filosofía del siglo XVIII se mostró más suave ni más tolerante que el protestantismo. El mismo Rousseau que con tantos bríos arremete el dogma de la intolerancia, y que se niega a reconocer por verdadera ninguna religión positiva, declara sin rebozo que el Estado puede prescribir una religión civil, y por consiguiente positiva, y esto bajo pena de muerte. “Al soberano pertenece, dice en el Contrato Social, fijar sus artículos.” Después añade estas palabras, crueles e impudentes por demás: “El soberano, aunque no puede obligar a nadie a creer los artículos de fe de la religión del país, no obstante puede desterrar del Estado a quien no los crea, no por impío, sino por insociable… Y si alguno, después de haber reconocido públicamente estos dogmas, se porta como si no creyera, ¡sea condenado a muerte! por haber cometido el más grande de los crímenes, y prevaricado ante las leyes.” Y sin embargo, según Rousseau, no se puede obligar a nadie a creer.

Esta intolerancia del sofista de Ginebra fue sobrepujada, si cabe, por la de los jacobinos de la Convención. El sectario y el jacobino son esencialmente intolerantes; y los que hoy día quedan, laméntanse algunas veces y se apesaran por no tener la audacia de los de 1793. Lo cierto es que, según ellos mismos dicen, no esperan más que una ocasión para lanzarse a fuerza bruta contra el catolicismo, a fin de hacer absolutamente imposible su ejercicio, y sepultarlo bajo la tierra. Cuando vemos lo que en estos momentos está sucediendo en Francia, a pesar de las protestas de los católicos, de los obispos y del Sumo Pontífice ¿quién podrá lisonjearse de que no será testigo presencial de otra nueva época del Terror?

ADVERTENCIA: Podríase aducir el ejemplo de algunos príncipes católicos que, por un exceso de celo poco ilustrado, recurrieron a la violencia para convertir a los infieles o sectarios; pero a esto bien puede contestarse que siguieron su inspiración personal, y no las reglas de la Iglesia. Esta no admite tal género de apostolado y, por tanto, no puede hacérsela responsable de lo que ella misma condena. Muy de otro modo debiera contestarse con respecto al protestantismo y la impiedad; porque aquí son los fundadores mismos de la pseudo Reforma y los jefes del filosofismo los que dan la señal y el ejemplo de la intolerancia más feroz. Sin embargo, y es cosa muy digna de notarse, apenas si a los enemigos de la Iglesia se les ocurre hablar mal de tamañas atrocidades. Por el contrario, todos los países en que los católicos son oprimidos, son objeto de elogios y alientos por parte de los protestantes, quienes saben hallar todavía en esta conducta buenos ejemplos de imitar.

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Una respuesta

  1. Digo yo, ¿no era intolerante la iglesia católica cuando el tribunal de la inquisición condenaba a muerte a personas inocentes? ¿No es falsa e hipócrita cuando su cabecilla señalaba los hipotéticos defectos de los demás mientras ocultaba casos de pederastia en su seno? ¿No es cínica al referirse al reino de Jesús como “de otro mundo” y al mismo tiempo presionar e influir en los gobiernos terrenales para su provecho? ¿No es de moralidad sospechosa al reinvindicar su dogmatismo y al mismo tiempo ignorar que, hace no tanto tiempo, apoyaba implícitamente la esclavitud y el machismo, y hoy la homofobia? ¿Y qué queda de esa moral si en el propio catecismo católico se admite aún hoy la pena de muerte?

    No hay por dónde coger ese texto, sobre todo si tras una pequeña reflexión uno se da cuenta de que el autor remarca los defectos del protestantismo que se dieron en la propia iglesia católica.

    En el fondo es todo un alegato a favor del ateísmo, porque es la opción menos mala de todas.

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